Lo real imaginado

Cádiz
Galería Benot, Abril- Junio 2025
LOLA MONTERO: UNAS CUANTAS VERDADES
Comienzo este acercamiento a la nueva exposición de Lola Montero con la ingenuidad de preguntarme qué es un paisaje. Me sirve de poco la benemérita María Moliner, a quien consulto (¡en papel!) de mi biblioteca en el ángulo oscuro, y me sorprenden las acepciones de su definición, tan restrictivas: ”Extensión de campo que se ve desde un sitio”, “El campo considerado como espectáculo”, “Pintura que representa una extensión de campo”. Entonces, me pregunto, ¿acaso estas obras de Lola no son paisajes?
El diccionario de la RAE, ya en su primera acepción, amplía la perspectiva: “Parte de un territorio que puede ser observado desde un determinado lugar”, y en la tercera lo define como “pintura o dibujo que representa un paisaje”, puntualización más acorde con la trayectoria de Lola, que ha frecuentado pictóricamente diversos territorios y la naturaleza en su variedad, y ha dado muestras de la singularidad de su mirada y de cómo ha sabido expresarla en distintos tipos de paisajes: la presencia del mar, paisajes urbanos, en los que ha integrado el acercamiento a detalles arquitectónicos u ornamentales, paisajes vinculados y dispuestos por la mano del hombre, como las salinas, y también lo que se ha dado en llamar “paisaje interior”, que se puede descubrir en el aspecto simbólico de la realidad o en la literatura, como demostró con su “lectura pictórica” de un libro tan honda, tan misteriosamente sevillano como Ocnos, de Luis Cernuda (Tiempo sin tiempo, 2021).
Vuelve Lola Montero a Cádiz, no sólo en el espacio físico de la galería sino en los temas de la mitad de las obras presentadas. Si en 2018 nos introdujo en los sombríos interiores de las bodegas Argueso de Sanlúcar de Barrameda, atemperados con los azules y ocres de las “puertas del paraíso”, en esta exposición vuelve a los espacios abiertos, a esa “salada claridad” con la que Manuel Machado sintetizaba la ciudad, dos palabras perfectamente aplicables a su pintura. “Salada”, por su vinculación artística (y casi etnográfica) con las salinas, plasmada en exposiciones varias: Horizontes de sal (2014), Sal para la palabra (2019), Roma salis (2019); la “claridad” se resuelve en la elocuente presencia constante de la luz en sus cuadros.
Esa luz abierta otorga coherencia a esta escogida muestra en la que se alían lo real y lo imaginado, tomando el adjetivo en sus dos sentidos: como producto de la imaginación pero también como la construcción de una imagen, resultado de un proceso que acabará en la mirada activa del espectador, ya que para el neurólogo Oliver Sacks “cada acto de percepción es en cierto modo un acto de creación”, pues la realidad cobra sentido gracias a la percepción, real o imaginaria, que el sujeto tiene de ella.
Ese proceso tiene un paso intermedio que se concreta en unos fascinantes cuadernos de apuntes, unos con su conjunto de bocetos, trazos inmediatos o el preciso fulgor de una acuarela, pero también otros en los que dibujos y colores se sustituyen por palabras: notas, algún verso inspirador, intenciones, reflexiones sobre los proyectos… Esa inmediatez de trazo y escritura se traslada a veces a los cuadros, como ha escrito alguna vez: “pinto traduciendo lo que veo con pinceladas y tonos que dicta mi interior, desconecto y pongo la pintura”.
Esta selección, a la que se podría calificar “de cámara”, es asimismo la celebración personal de una “resurrección” tras un grave accidente y una ardua convalecencia. Lola ha mirado “con los ojos del alma” algunas obras antiguas que la acompañaban en su estudio y ese rescate, que es también un desprendimiento, es el origen de Lo real imaginado, en la que cobran importancia las distintas fechas que señalan los pasos sigilosos del tiempo y la perseverancia de un estilo.
Nos asomamos a unos paisajes del río Guadalquivir por las afueras de Sevilla que se acercan a la abstracción pero no renuncian a sus colores de referencia (gamas de verdes, azules y grises) ni a la leve evocación de formas concretas, mientras que otros más figurativos quiebran esa tendencia con una presencia humana pero sólo a través de sus huellas: construcciones aisladas y maquinaria industrial que crean una atmósfera levemente inquietantes en su soledad y su abandono.
Algunos motivos se repiten en la serie de El Trocadero, la pequeña isla de la bahía, que representa la parte gaditana de la exposición, añadiendo la presencia determinante de las barcas, pero aquí todo es luminoso, subrayado por el fondo blanco y el trazo decidido de las líneas negras. Forman estas siete piezas una suite pictórica y en ellas destacan la ligereza y una estilización que evocan la caligrafía oriental, una profundidad que nace de lo sencillo, una sutileza que surge al unir la evocación de las manchas de tenue colorido con el ritmo incisivo de las tintas.
Enamorados de la pintura, hay muchos cuadros en su historia (antigua y contemporánea) que nos emocionan o nos inquietan, aun siendo conscientes de que lo sensual y lo misterioso de lo que vemos se sustentan (técnica pictórica aparte) en unos colores combinados sobre una superficie plana. Por eso Flaubert podía afirmar que “el arte es, de todas las mentiras, la que engaña menos” y por eso los que se asomen a estos paisajes de Lola Montero tendrán ocasión de comprobar cómo en ellos las pequeñas mentiras se convierten en verdades que nos confortan.
Juan Lamillar
Inauguración: 25 de abril de 2025. 20:00 h
Lugar: Av. Cuatro de Diciembre de 1977, 10, 11006 Cádiz
Contacto: Rafael Benot
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