Artículos y crítica

Los bellos matices de lo real

Bernardo Palomo, 2014

A Lola Montero la pintura de paisaje nunca le ha quedado lejos. Es más, podemos asegurar que se trata de una muy buena pintora de paisajes urbanos, a los que dota de una especial intensidad formal y representativa, con un dominio de la pincelada y del color para estructurar una escena muy bien distribuida y adecuadamente desarrollada en su máxima posición expresiva. Ahora, sin embargo, ha cambiado un poco sus esquemas representativos. Ha dejado a un lado los encuadres ciudadanos, con sus seguras intervenciones ilustrativas y se ha decantado por un paisaje cercano al entorno gaditano, ese que está dominado por la inmensa claridad de unas salinas con sus inquietantes argumentos de esplendor lumínico, al que la autora impone una acertada manipulación formal hasta recrear un escenario lleno de emoción y carácter plásticos.

La pintura de Lola Montero se circunscribe a una interpretación expresionista de esa realidad a la que ella desentraña con unas imposiciones de poderosas pinceladas, gestos cromáticos contundentes y dispuestos desde unos planteamientos muy personales donde lo real pierde muchas de sus habituales connotaciones representativas.

Su pintura es tradicional en su modernidad, goza de todos cuantos resortes configuran una obra grande, mantiene las felices fórmulas pictóricas de lo clásico pero sabiéndoles sacar el máximo partido. En su obra hay grandeza de formas pero también sentido artístico y estético. Lola Montero interpreta sabiamente la realidad, en el asunto que ahora le ocupa ese paisaje salinero con tantas posibilidades expresivas a las que ella acentúa sus perfiles, lo hace gozar en sus líneas confortantes y sabe matizar muy adecuadamente sus esplendores representativos. Lola Montero yuxtapone lo clásico a lo moderno o, lo que es lo mismo, hace inquietantemente moderno lo clásico.

Por eso, nos parece que esta artista mantiene vivos todos los buenos planteamientos de esa gran pintura atemporal, ajena a modas y a intereses, que está en posesión de un bagaje pictórico determinante, que sabe conjugar a la perfección las difíciles formas verbales de la creatividad, que es consciente del discurrir de la pintura actual, demasiado puesta en tela de juicio por agoreros desinformados. Podemos afirmar, por tanto, que estamos ante una obra importante de una artista importante, implicada en los apasionantes desarrollos de una pintura llena de emoción, esa que asoma con todos los aditamentos necesarios para subrayar un arte lúcido y lleno de carácter.

La pintura de Lola Montero claramente se define como el desarrollo pulcro y exacto de una idea dominadora, el paisaje de las salinas, que le llevan a conseguir, con las máximas posibilidades plásticas y estéticas, una realidad felizmente interpretada, sin que lo real marque demasiadas imposiciones ilustrativas y sólo nos sitúe en contenidos registros de sabio expresionismo. Estamos, en definitiva, ante la impactante plasticidad de una obra que deja entrever los conceptos clásicos de una pintura material, en la que los extremos gestos plásticos participan un universo de sugerencias preñadas de mínimas circunstancias figurativas en las que la realidad de esas salinas gaditanas es manifestada desde el poderoso ideario estético de una artista que sabe muy bien lo que hace y lo que quiere.

Bernardo Palomo.
Noviembre 2014.

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