Artículos y crítica

Arribando Cádiz

Juan Fernández Lacomba, 2005

El Mar, esa palabra extensa e insondable con que se ha nombrado su propia naturaleza ha poseído a la vez siempre la consideración de una especie de patria universal. Una palabra que en todo caso ha mantenido aquella evocación de la primera imagen infantil, la de aquel día primero en que, sorprendentemente, tomamos consciencia de su existencia como ser: azul, magmático, inmensurable y plano, con que voluptuosamente se mostraba entonces ante nosotros. Pero el Mar, hasta fechas muy recientes, ha venido a constituir el territorio esencial de nadie. En efecto, un espacio que con su permanente presencia de situaciones cambiantes y causa de multiformes psicologías, ha mantenido esa condición de espacio geográfico inefable; al menos para los que aún queremos seguir mirando con aquellos ojos biológicos con los que nos dotaron. Sin duda un espacio del mundo y a la vez de la conciencia.

Un escenario que secularmente ha acogido a aventureros y exploradores, desde piratas a exiliados, desde grandes ilusiones a grandes catástrofes. El Mar, que en sus orillas posibilitó el nacimiento de Venus, la deseada de Marte y esposa de Vulcano. Aquel Mar de Ulises y de Defoe. El mar inexplorado de Colón, o el mar de Cook; siempre el de Byron, aquel fatídico de la Wolf...También ese Mar cercano y humanizado de nuestro Alberti, el de Guillen, o el de Cernuda. Ámbito de melancolías y esperanzas de todos los humanos, mirando siempre su horizonte. Una constante que aún nos continúa haciendo preguntas sobre el alma humana.

“Desde el mar” ha sido el título con que Lola Montero ha querido globalmente denominar su exploración, su mirada a Cádiz. Al posicionarse “Desde el mar” y situar el horizonte tras de sí, la ciudad se constituye en fin; y de este modo, en objeto de la mirada. Con esta consideración Cádiz se ofrece como si se tratara de un escenario, en este caso vacío, o más bien deshabitado; cual bodegón de arquitecturas metafísicas. Así, al menos, aparece la ciudad en esta serie de pinturas: una ciudad vista casi como si se tratara de una emergencia marina, una tierra cercana y a la vez extrañada. En definitiva, un orden visual, una apariencia algo distante en su mismo análisis y en su descripción; en sus construcciones pictóricas extrañadas, quizás vistas como algo lejano. Una ciudad en su carácter intencionadamente descrita por la selección de toda una serie de pinturas que en sus diversos encuadres naturalistas, surgen como si de un territorio avistado de alguna tierra lejana, exótica o desconocida, se tratara.

Así comprobamos que pudo verla, y también comprenderla en las primeras décadas del siglo XIX, un personaje crucial para la pintura posterior como fue el mismo Delacroix. Tras aquella célebre incursión pionera al mundo árabe en el viaje efectuado al reino marroquí. Un viaje que tuvo como prolongación las visitas efectuadas a Cádiz y Sevilla, no sin antes sufrir con gran paciencia encerrado la cuarentena impuesta al buque que lo trasladaba desde el otro lado del Estrecho - lo que confirma el empeño en ello del artista - al declararse una epidemia en Tánger, la ciudad de procedencia. Sin duda un compás de espera anclado frente a Algeciras, durante el cual el artista se entretuvo pacientemente en recoger a la acuarela el perfil de la costa gaditana “desde el mar” pocos días antes de visitar la misma Cádiz. Entonces una populosa y activa urbe cercada, en medio del mar, donde el artista francés pudo constatar lo similar del carácter que en general encontró “en tierras moras, pero tratándose esta vez de tierra cristiana”. Una visita ineludible recogida en rápidos trazos y esbozos que anotan rincones y visiones urbanas singulares, que sin duda inauguran la instantánea de la mirada romántica; en la cual se proyectan rasgos y acentos populares, más allá de aquellas descripciones racionalizadas herederas de la Ilustración.

Del mismo modo en esta pintora nuevamente, aparece pictóricamente el Cádiz de estas composiciones, en donde “desde el mar” surgen encuadres de esta ciudad milenaria; quieta, a la vez húmeda y soleada; en este caso más atlántica que mediterránea. Una voluntad artificiosa enfrentada al mar, de “ciudad bien cercada”. Aquella “perla hispana de la Ilustración”, que cual cofre secreto de arquitecturas contiene maravillas insospechadas. Incluido su fascinante y remoto pasado. Una ciudad, en definitiva la de estas pinturas, aparentemente discreta desde la visión histórica, pero rumbosa, chispeante y universal. “Tacita de Plata”, por otro lado, qué duda cabe de vocación marinera, siempre algo evidente en Cádiz, con su impenetrable memoria de fenicia ciudad sonriente. A lo que se añade su misma condición, también de ínsula atlántica, de paganísima ciudad liberal, pícara, genovesa, napolitana, caribeña y cancionera. No por nada es sin embargo Patrimonio de la Humanidad.

Pero la mirada pictórica que la autora deposita en estos lienzos es una mirada poligonal, afacetada, más allá de los encuadres estratégicos, selectivos, y más allá de lo pintoresco. En donde Cádiz emerge discretamente, hermética, quizás enigmática, vista más bien como decíamos, como si se tratara de una isla exótica a la que arribara por vez primera cualquier visitante, viajero curioso; como en su momento pudieron ser el mismo Delacroix, Byron, o cualquier corremundo ávido de sorpresas. Pinturas estas donde los edificios conviven como masas asomadas, o cercadas, diríamos, casi acosadas por el mar. Este trascrito con una energía, en todo momento de hábil y robusta pintura, otro territorio universal, como ya vimos como el mismo Mar. Esa misma energía que también describe los inmuebles, construyéndolos de fina materia color. Un color sutil siempre estriado, que en las diversas miradas tomadas en los puntos cardinales más umbrosos de la antigua ciudad, con un punto bajo o frontal de percepción, hace que las mismas masas arquitectónicas, en su articulación pictórica adquieran una consideración monumental. Sin duda, estas pinturas se hallan exentas de una luz mediterránea, clara y vibrante, sino más bien bañadas por una luz grisácea de tonos plateados y profundas sombras azuladas y verdosas. Una luz más bien atlántica, de poniente de atardecida, que con distancia y análisi, habla irremediablemente de un Cádiz más bien ensoñado, quizás como a veces el mismo Mar, insondable y más telúrico.

Juan Fernández Lacomba.
Noviembre 2005.

Volver a Artículos y crítica